JUAN SÁNCHEZ PELÁEZ
Rosa invisible rasgo puro
Venas subyugantes como lámparas de nieve
y mi espejo en su lecho fratricida
Iba hacia ti
Desde la negra edad de mis orígenes
Iba hacia ti
Cuando la luna ondea en mis sienes desatadas
Caías de rodillas con un racimo de frutas.
Los perversos ojos del cielo recubren tu llama
La espiga vigilante adentro
En las zonas del silencio donde la luz no llega.
Yo veía un niño agonizando en los jardines
El que arrojaba uvas delirantes a las duras bahías
Y los cuerpos ahogados en la noche
Cuando arden cenizas en la magia de Dios.
Yo he visto alfombras proteger sus rebaños
de ignorancia
Altares y arcos
Los senos, bases de fuego fascinante
El perfecto hábito del semen
Joya de abismo, taciturno enigma.
Belleza
Interrumpida mi plática, vuelvo a hablar contigo de la partida y el regreso.
Todo sucedió a vuelo de pájaro, belleza:
a lavez mundo compacto, cerrado y libre.
Al abrir los ojos en la llama fría, era un lorito ufano; te busqué de verdad, lamía en
la sombra tus huesos, santa perra.
Aunque me ausentara de ti, aunque me cubriera el ridículo, aunque estuvieras más
allá del resplandor que me envuelve; quizás cercana a la bahía,
en pleno mar de verano, en medio de las palmas reales.
Esta promesa hecha al azar y enfática
Esta promesa hecha al azar y enfática: la línea del
corazón no merma la unidad.
El rayo de sangre no es fisura íntima, esquiva a los
jeroglíficos que teje la memoria.

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